HISTORIA DEL CAZADOR JOAN GASPÀ GIL
"Corrían los últimos años del siglo pasado y el Tapat era aún Joan Gaspà Gil, y hacía de afanador en un rebaño de más de 4.000 ovejas en el término de Espot, probablemente en la zona del estanque San Mauricio. Una noche de otoño los pastores notaron la presencia de un oso que inquietaba al ganado y al día siguiente se organizaron para acabar con el animal. Joan Gaspà, que tenia entonces unos dieciocho años, vio durante la batida el rastro del plantígrado y, a pesar de que anochecía, lo siguió solo... Después de pasar unas rocas, el joven encontró al animal que buscaba. El método que escogió para matarlo fue el de los cazadores más osados, en una época en que las escopetas disponían de un solo disparo: obligarlo a levantarse sobre las patas de atrás, que suponía que era la postura previa al ataque, para descargarle el plomo. El arma que usaba Gaspà funcionaba con un pistón y había que echar la pólvora y poner el proyectil por la embocadura. El disparo tenía que ser muy preciso, porque cargar era una operación larga y paciente.
El caso es que cuando Gaspà tenia ya levantada a la bestia, la respuesta del gatillo consistió en un chuf insignificante e inquietante: el pistón estaba mojado. El oso, en cambio, estaba en plenas condiciones y se le echó encima. El muchacho paró con el antebrazo el primer zarpazo del animal, pero el segundo le fue a la espalda. Las uñas se le clavaron como puñales y le llegaron hasta los pulmones. Abrazados en un combate a muerte, hombre y bestia rodaron por el suelo. Joan Gaspà llevaba un mastín que se abalanzó sobre el oso y le clavó unos cuantos mordiscos rabiosos. A pesar de estar herido, el joven conservó la cabeza fría y consiguió sacar un cuchillo que llevaba en la cintura, que hundió con todas las fuerzas que le quedaban en las entrañas del animal...
Entretanto, al otro lado del bosque los pastores metidos a cazadores oían los gritos feroces del hombre y del oso, y los ladridos del mastín, pero no pudieron alcanzarlos. Cuando los gritos cesaron, los compañeros de Joan imaginaron que todo había acabado para el joven afanador. Nadie durmió aquella noche, pero al alba la leyenda del Tapat ya estaba a punto. Los pastores encontraron el cuerpo del oso cubierto por la escarcha, y debajo, acurrucado e inmóvil, pero aún respirando, el joven pastor. El calor del cuerpo del enemigo muerto le había protegido del frío de una noche con temperaturas bajo cero.
Joan Gaspà tardó mas de un año en recuperarse de las heridas. ¡Suerte del perro! decía siempre Gaspà cuando los vecinos le pedían que repitiese por enésima vez la historia de su combate."
Relato extraído del libro "L'ós del Pirineu, crònica
d'un extermini" de Eugeni Casanova - Pagès editors.